miércoles, 13 de mayo de 2009

"Los Arnolfini". Una lectura renacentista


La gran obra de Jan Van Eyck y que hoy se puede apreciar en la National Gallery de Londres, tiene diversas lecturas que no pueden pasar desapercibidas por un espectador que la tiene frente a sus ojos.

LAS DOS ESCENAS

El candelabro, efectuado magistralmente por el pintor flamenco, divide la escena en dos, dejando al lado derecho de la audiencia, a la mujer y, al lado izquierdo, al hombre. Sin embargo, si nosotros, espectadores, nos posicionáramos detrás de los protagonistas, tendremos al lado derecho al hombre y a la izquierda a la mujer. De esto se puede hacer una primera lectura que tiene que ver con la posición de cada sexo en la sociedad de entonces: el hombre está a la derecha de Dios padre y la mujer a su izquierda, representando esta última lo malo, lo pecaminoso. Al fin y al cabo, fue Eva quien tentó a Adán a probar el fruto prohibido y fue por su culpa que ambos fueron expulsados del paraíso. Entonces, a pesar de tratarse de una obra del quatrochento, los signos se repiten, encontrádonos con iconografía medieval en la que Cristo entronizado (generalmente en una mandorla) apunta al cielo con su mano derecha y con la izquiera apunta hacia el infierno.

LOS ROLES DEL HOMBRE Y LA MUJER

El rol de Giovanna Cenami, la prometida, se deja entrever. Ella está alejada de la ventana y es más bien de tez blanca, lo que significaría que ella pertenece al hogar; otra idea al respecto está dada por lo forma en que se toma sus faldas tocándose levemente el vientre, símbolo de entrega y, una vez más, la idea de su rol como esposa: ella debe entregarle hijos a su futuro marido. Sin embargo, a pesar de tener sobre su mano derecha una gárgola que representaría el pecado inherente a la mujer, sobre su cabeza se proyecta a Santa Catarina, lo que significaría que esta mujer a punto de casarse aún está a tiempo de ser una santa y, por otra parte, la luz natural proveniente de afuera y que se proyecta desde la ventana, la ilumina, dotándola de santidad y pureza. El blanco sobre un campo oscuro avanza y el fondo retrocede, dándole un mayor protagonismo a la joven.

En tanto, Giovanni Arnolfini, el joven cuya mirada no es precisamente la de un hombre contento porque se va a casar sino que más bien hierática y melancólica, está en el lado derecho de la escena (a la izquierda del espectador). A sus pies, un gracioso perro es la demostración de la fidelidad con el hombre; él está junto a la ventana, por lo tanto se sobrentiende que él pertenece a las afueras, al mundo del comercio, al exterior.

LOS OBJETOS

Las naranjas en invierno no son comunes si no es porque han sido importadas. Así, el fruto mencionado que está en el cuadro es una manera de decirnos que los Arnolfini son una familia de comerciantes ricos.

En aquella época era común que hubiesen camas no sólo en los dormitorios sino que también en los salones, por eso se puede deducir que en el momento solemne de este matrimonio, probablemente estuvieran en un salón. Además, el vestido de ella se complemente con las sábanas de la cama (colores complementarios verde y rojo), dándole aún más armonia al cuadro.

Van Eyck no pudo ser más genial en la representación del espejo; no solo se proyectan las figuras de los jovenes esposos sino que también otras dos figuras que podrían ser los testigos y, a su vez, el propio Van Eyck que se ha autorretratado. Este espejo es redondo, signo de lo cíclico; de hecho, en su marco se ve cómo, en miniaturas, logró representar los distintos momentos de la vida de Cristo. Se trata de un objeto que no sólo representa las riquezas sino que, también, es ese objeto de vanidad (narciso se ahogó en su reflejo); es asímismo, una manera de firmar del autor, de que fue testigo del matrimonio de los Arnolfini toda vez que leemos, en el mismo espejo, la inscripción en latín que se traduce de la siguiente manera: "Jan van Eyck estuvo aquí, 1434".

La lectura de esta gran obra podría seguir. Sin embargo, prefiero no extenderme mucho más; sólo dejar en claro que estamos ante un genio del Renacimiento. Un hombre que logró plasmar nuevas ideas en sus cuadros. Un hombre de mundo. Un hombre renacentista por excelencia.

Ver también: El Hombre del Turbante Rojo y La Vírgen de Rolin, ambos de van Eyck.

Agradecimiento epecial a la profesora Claudia Campaña de la Pontificia Universidad Católica, curso Historia del Arte I.

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